Huracán - Parte III

Disculpe, ¿usted sabrá indicarme en dónde puedo encontrar a Galván? –pregunto al soldado mientras cargo cuatro palas conmigo, él me pide que lo acompañe y cerca de algunos vehículos militares lo escucho decir en voz alta: “Capitán Galván, lo buscan”, el Capitán se asoma con ojos incrédulos y lo escucho decir “¡mira nada más, la señorita sí nos cumplió!”, inmediatamente y a pesar de su rango militar que comanda respeto, no duda en acercarse para auxiliarme con las palas mientras yo pongo de mi parte y no escatimo en sonreírle.

“Lo prometido es deuda mi querido Capitán y aquí le traigo las palas como herramienta, ¿usted podrá cumplir su parte y suplirme con hombres para trabajar en el desazolve de mi casa? – le cuestiono, el Capitán me ve con cara a medio reír y repentinamente lo escucho vociferar: “¡Montoya, trae a dos de tus muchachos!, acto seguido escucho a Montoya a su vez gritar con ahínco militar: “¡Santillán y Maldonado!, mientras observo ese ensayo de burguesía y disciplina ante mí, los soldados se presentan rápida y respetuosamente al momento en el que el Capitán Galván comienza a darles instrucciones específicas: “esta tarde ustedes van a trabajar única y exclusivamente para la señorita aquí presente, le auxiliarán con el desazolve de su casa, no quiero que se distraigan con peticiones de vecinos, ustedes no se deberán de despegar de la señorita hasta que ella decida que ha sido suficiente por hoy, ¿entendido?”, “¡Sí, mi Capitán!”-responden al unísono los cabos, el Capitán finaliza su comunicado dando las últimas instrucciones al Sargento Montoya, “tú serás el responsable de supervisar la labor de tus muchachos y al finalizar me reportarás”, “¡Entendido, mi Capitán! – responde categóricamente Montoya.

Me alejo sorprendida y agradecida mientras emprendo camino a la casa con “mis” soldados, la amabilidad de los tres es desarmadora, tanto que decido ponerme a trabajar con ellos y es cuando experimento en carne propia un pedacito de la labor diaria de ellos, remover lodo semi-seco es una de las tareas físicas más extenuantes que he realizado en mi vida, cada movimiento con la pala acelera mi corazón y produce sudoración desmedida, pero mientras yo produzco uno, ellos producen seis, ¡trabajan como máquinas!.




Mientras me ayudan a abrir paso a la puerta principal, aprovecho para platicar con ellos y me entero que son muy jóvenes, que uno de ellos se ha vuelto soldado no por gusto sino por necesidad económica/educativa, que sus familias los extrañan con angustia de vuelta a casa pero que no tienen fecha de regreso, que la fraternidad entre compañeros les inyecta calor en las venas y les permite seguir adelante, que mientras estén auxiliándonos con el plan DN3 no tienen camas en donde dormir, ni baños que usar para asearse, que no tienen dinero ni para comprar una botella de agua y todo esto me lo cuentan con una gran sonrisa en el rostro y sólo porque yo insisto con mis preguntas, puesto que ellos han sido disciplinados para no quejarse en absoluto.

Al final del día logramos vencer la suficiente cantidad de lodo para llegar a la puerta, sin embargo el picaporte estaba dañado y tuvieron que forzar la entrada para abrir paso a la devastación interna, muebles cubiertos con lodo húmedo y piezas con entrañables historias emotivas, ahora ya irreconocibles por el daño de la inundación, fue un cruel recuerdo del efímero concepto de la vida ante la fuerza de la naturaleza, un aspecto específico que me provocó escalofríos, fue el observar que las marcas de agua y lodo en las paredes quedaron a 15 cms del segundo piso, una verdadera hecatombe se presentó aquellas noche.




Los días subsecuentes fueron la representación de una reconstrucción física y emocional, pero con muchas recompensas de por medio, como la valoración de lo que nos rodea¸ además de ganarme una familia militar, todas las noches ellos se comprometieron a vigilar mi casa hasta que la puerta fue finalmente reparada, todas las mañanas yo les preparaba desayuno a unos cuantos por día para demostrar mi agradecimiento y cariño, ellos se sentaron pacientemente conmigo a limpiar mis objetos y compartir historias, desarrollé una relación casi paternal con el Capitán Galván y solía invitarlo a mi casa junto con algunos de sus más allegados soldados para ver partidos de fútbol del Mundial 2010 desde Sudáfrica, era muy divertido verlos relajarse un poco, pero eso sí, sin dejar a un lado sus armas de alto calibre “por cualquier cosa” -decían.

Al salir de casa era común para mi escuchar “la güera”, ese era mi apodo y solía dirigirme al primer vehículo de soldados que tuviera enfrente y tomaba pedidos, “yo necesito una recarga a mi celular por favor, yo dos refrescos, para mí un rollo de papel sanitario, unas papas y unos cacahuates” eran sólo un ejemplo de la peticiones de mis adorados soldados las cuales con gusto suplía, gracias a nuestra convivencia logré entenderlos como seres humanos imperfectos pero que hacen esfuerzos sobrenaturales por nosotros y sin conocernos.

Permaneceré agradecida y enamorada de ellos por siempre.

Twitter: @Kaia_Belic






2 comentarios:

Mercy dijo...

Prime que padre relato , una experiencia única la que viviste , y que bueno que de una trageia lograste algo lindo!!
Los militares son excepcionales aunque mucha gente los critique y les tema!, como en la vida hay de todo pero la mayoría son gente Noble y buena que esta dispuesta a servir y ayudar a los demás!!

Unknown dijo...

Querida Mercy
Muchas gracias por leerme y compartir tus opiniones, como bien lo dices, de lo negativo salieron muchas cosas positivas, comparte el relato con los que te rodean para que la idea sobre los militares poco a poco cambie. Un beso!

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