Disculpe, ¿usted sabrá indicarme en dónde puedo encontrar a Galván? –pregunto al soldado mientras cargo cuatro palas conmigo, él me pide que lo acompañe y cerca de algunos vehículos militares lo escucho decir en voz alta: “Capitán Galván, lo buscan”, el Capitán se asoma con ojos incrédulos y lo escucho decir “¡mira nada más, la señorita sí nos cumplió!”, inmediatamente y a pesar de su rango militar que comanda respeto, no duda en acercarse para auxiliarme con las palas mientras yo pongo de mi parte y no escatimo en sonreírle.
“Lo prometido es deuda mi querido Capitán y aquí le traigo las palas como herramienta, ¿usted podrá cumplir su parte y suplirme con hombres para trabajar en el desazolve de mi casa? – le cuestiono, el Capitán me ve con cara a medio reír y repentinamente lo escucho vociferar: “¡Montoya, trae a dos de tus muchachos!, acto seguido escucho a Montoya a su vez gritar con ahínco militar: “¡Santillán y Maldonado!, mientras observo ese ensayo de burguesía y disciplina ante mí, los soldados se presentan rápida y respetuosamente al momento en el que el Capitán Galván comienza a darles instrucciones específicas: “esta tarde ustedes van a trabajar única y exclusivamente para la señorita aquí presente, le auxiliarán con el desazolve de su casa, no quiero que se distraigan con peticiones de vecinos, ustedes no se deberán de despegar de la señorita hasta que ella decida que ha sido suficiente por hoy, ¿entendido?”, “¡Sí, mi Capitán!”-responden al unísono los cabos, el Capitán finaliza su comunicado dando las últimas instrucciones al Sargento Montoya, “tú serás el responsable de supervisar la labor de tus muchachos y al finalizar me reportarás”, “¡Entendido, mi Capitán! – responde categóricamente Montoya.
Me alejo sorprendida y agradecida mientras emprendo camino a la casa con “mis” soldados, la amabilidad de los tres es desarmadora, tanto que decido ponerme a trabajar con ellos y es cuando experimento en carne propia un pedacito de la labor diaria de ellos, remover lodo semi-seco es una de las tareas físicas más extenuantes que he realizado en mi vida, cada movimiento con la pala acelera mi corazón y produce sudoración desmedida, pero mientras yo produzco uno, ellos producen seis, ¡trabajan como máquinas!.
Mientras me ayudan a abrir paso a la puerta principal, aprovecho para platicar con ellos y me entero que son muy jóvenes, que uno de ellos se ha vuelto soldado no por gusto sino por necesidad económica/educativa, que sus familias los extrañan con angustia de vuelta a casa pero que no tienen fecha de regreso, que la fraternidad entre compañeros les inyecta calor en las venas y les permite seguir adelante, que mientras estén auxiliándonos con el plan DN3 no tienen camas en donde dormir, ni baños que usar para asearse, que no tienen dinero ni para comprar una botella de agua y todo esto me lo cuentan con una gran sonrisa en el rostro y sólo porque yo insisto con mis preguntas, puesto que ellos han sido disciplinados para no quejarse en absoluto.
Al final del día logramos vencer la suficiente cantidad de lodo para llegar a la puerta, sin embargo el picaporte estaba dañado y tuvieron que forzar la entrada para abrir paso a la devastación interna, muebles cubiertos con lodo húmedo y piezas con entrañables historias emotivas, ahora ya irreconocibles por el daño de la inundación, fue un cruel recuerdo del efímero concepto de la vida ante la fuerza de la naturaleza, un aspecto específico que me provocó escalofríos, fue el observar que las marcas de agua y lodo en las paredes quedaron a 15 cms del segundo piso, una verdadera hecatombe se presentó aquellas noche.
Los días subsecuentes fueron la representación de una reconstrucción física y emocional, pero con muchas recompensas de por medio, como la valoración de lo que nos rodea¸ además de ganarme una familia militar, todas las noches ellos se comprometieron a vigilar mi casa hasta que la puerta fue finalmente reparada, todas las mañanas yo les preparaba desayuno a unos cuantos por día para demostrar mi agradecimiento y cariño, ellos se sentaron pacientemente conmigo a limpiar mis objetos y compartir historias, desarrollé una relación casi paternal con el Capitán Galván y solía invitarlo a mi casa junto con algunos de sus más allegados soldados para ver partidos de fútbol del Mundial 2010 desde Sudáfrica, era muy divertido verlos relajarse un poco, pero eso sí, sin dejar a un lado sus armas de alto calibre “por cualquier cosa” -decían.
Al salir de casa era común para mi escuchar “la güera”, ese era mi apodo y solía dirigirme al primer vehículo de soldados que tuviera enfrente y tomaba pedidos, “yo necesito una recarga a mi celular por favor, yo dos refrescos, para mí un rollo de papel sanitario, unas papas y unos cacahuates” eran sólo un ejemplo de la peticiones de mis adorados soldados las cuales con gusto suplía, gracias a nuestra convivencia logré entenderlos como seres humanos imperfectos pero que hacen esfuerzos sobrenaturales por nosotros y sin conocernos.
Permaneceré agradecida y enamorada de ellos por siempre.
Twitter: @Kaia_Belic
Huracán - Parte II
“Ni te pares por tu casa”- dijo advirtiendo la voz al otro lado de la línea telefónica. Han pasado ya tres días desde mi huida, encontré refugio en casa de mi hermano quien vive precisamente sobre una colina, sin peligro de inundaciones o deslaves perpetrados por huracanes. Al colgar la llamada, reflexiono por unos minutos y acto seguido ya estoy en necia dirección a mi colonia.
El lodo semi-sólido cubre la mayoría de las casas hasta la altura de los picaportes de la puertas principales, no lo concibo, me tomo unos segundos para imaginar el caos que sucedió esa noche de la cual pude escapar, repentinamente mi vecino me despierta del breve trance a gritos y con abrazos inesperados, me cuenta que no supieron que me había salido de casa ese día, resulta que ya por la noche la situación llegó al extremo, Protección Civil vino a rescatarlos y tuvieron que evacuar por la terraza de su segundo piso para abordar lanchas que los llevarían a territorio seguro y en esos momentos fue cuando solicitaron inspeccionar mi casa por las ventanas y con linternas, sin embargo no tuvieron éxito en encontrar mi rastro.
Se respira una sensación de pueblo fantasma y se murmura que la rapiña está a la orden del día, los militares ya rodean la zona para aplicar el plan DN3 y resguardar la seguridad, algunos de ellos usan pasamontañas para cubrir sus rostros, portan armas de alto calibre y sus monumentales vehículos están muy a tono con el panorama caótico del momento. La gente parece tenerles miedo y ellos no hablan con nadie más que entre ellos mismos.
Yo jamás había estado tan cerca de un soldado como ese día, pero mi necesidad inminente para desazolvar mi casa me da valor para acercarme a un grupo de tres los cuales parecen estar conjugando un plan de acción, al pararme enfrente de ellos enmudecen, creo que la combinación de ser mujer, portar unas botas de lluvia muy chic y las agallas para dirigirles la palabra como a cualquier ser humano, fue lo que provocó tal efecto.
Twitter: @Kaia_Belic
Las calles de la ciudad están desoladas, hay una gran cantidad de escombros que impiden el fácil flujo por las avenidas, baches en el pavimento, piedras, basura, troncos, partes de coches y de semáforos, señales de tráfico también. Jamás se consideró la idea de que este huracán (Alex) llegara a ser una catástrofe para Nuevo León.
Al llegar a mi colonia me es difícil reconocerla, hay calles que han desaparecido, la mía incluida, es una cuesta abajo que ahora está cubierta de inmensas cantidades de lodo y olores de fatalidad, hay mucha gente afuera de sus casas o lo que parecen los restos de las mismas, me abro paso lento entre los escombros, justo enfrente de mi casa me encuentro dos coches enclavados en el fango y en posiciones que parecen la consecuencia de un tornado.
El lodo semi-sólido cubre la mayoría de las casas hasta la altura de los picaportes de la puertas principales, no lo concibo, me tomo unos segundos para imaginar el caos que sucedió esa noche de la cual pude escapar, repentinamente mi vecino me despierta del breve trance a gritos y con abrazos inesperados, me cuenta que no supieron que me había salido de casa ese día, resulta que ya por la noche la situación llegó al extremo, Protección Civil vino a rescatarlos y tuvieron que evacuar por la terraza de su segundo piso para abordar lanchas que los llevarían a territorio seguro y en esos momentos fue cuando solicitaron inspeccionar mi casa por las ventanas y con linternas, sin embargo no tuvieron éxito en encontrar mi rastro.
Se respira una sensación de pueblo fantasma y se murmura que la rapiña está a la orden del día, los militares ya rodean la zona para aplicar el plan DN3 y resguardar la seguridad, algunos de ellos usan pasamontañas para cubrir sus rostros, portan armas de alto calibre y sus monumentales vehículos están muy a tono con el panorama caótico del momento. La gente parece tenerles miedo y ellos no hablan con nadie más que entre ellos mismos.
Yo jamás había estado tan cerca de un soldado como ese día, pero mi necesidad inminente para desazolvar mi casa me da valor para acercarme a un grupo de tres los cuales parecen estar conjugando un plan de acción, al pararme enfrente de ellos enmudecen, creo que la combinación de ser mujer, portar unas botas de lluvia muy chic y las agallas para dirigirles la palabra como a cualquier ser humano, fue lo que provocó tal efecto.
El líder del grupo se destaca y le pregunto si están aquí para ayudarnos o solamente para resguardar, me responde que las dos cosas son su objetivo y a cambio me cuestiona sobre mi domicilio, le comento que vivo sola y que por lo tanto me vendría muy bien la ayuda de sus hombres, el soldado tiene una mirada determinada pero dulce ante mí, no puedo ver su rostro, pero imagino de inmediato que debe ser atractivo, noto su apellido bordado en el uniforme : "Galván", sólo por ésto y tal vez por su voz, podría reconocerlo posteriormente, de pronto una promesa sale de sus labios: “mire señorita, si usted me trae herramienta, yo le presto los hombres necesarios”, y yo le respondo: “así será” y mientras me alejo pensando en dónde conseguir dicha herramienta, mi corazón palpita con una emoción indescriptible.
Continuará...
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Huracán - Parte I
Una alarma de coche asalta mi sueño, tiene un sonido particular, como si estuviera agonizando, sus gritos de auxilio me obligan a investigar por mi ventana, hay penumbra, la luz de luna hace un esfuerzo para develar ante mis ojos un silencioso y amenazante río que corre por las calles, me cuesta unos segundos darme cuenta que no estoy soñando, el agua lleva tanta velocidad y profundidad que hasta puedo percibir el miedo de los árboles los cuales están cubiertos casi a la mitad y sin forma de escaparse.
La alarma no cesa y es cuando detecto que proviene de la cochera del vecino de abajo, el agua está ahogando su coche hasta la altura del cofre, mi corazón se acelera y mi estómago se calienta, corro a las escaleras mientras prendo luces en el pasillo y me doy cuenta que el agua ya ha invadido el interior de mi casa también y está a la altura del segundo escalón, el miedo me estruja y lo primero que viene a mi mente es querer escapar, sin embargo no hay salida común, la puerta principal no es opción, primero porque abrirla sería casi imposible con agua hasta la mitad y segundo porque sería entregarse a un río con fuerza de gladiadora que muy probablemente me llevaría a la muerte al no saber nadar.
Decido regresar a mi cuarto y reagrupar mis pensamientos, ¿qué diablos está pasando? –me pregunto, el huracán estaba anunciado para iniciar hasta la tarde del Viernes y ¡apenas es madrugada!, si el agua está en el segundo escalón y es el inicio de esto, ¡para la tarde el agua ya estará en el segundo piso!, debo encontrar una manera alterna para salir, pero resulta que por seguridad es común poner protectores de forja en las ventanas y no es posible salir por ninguna, ¡maldita seguridad!.
El agua cae con tanto ahínco que provoca que la luz se desmaye, busco velas mientras continuo pensando en un plan B, resuelvo llamar a mi padre, quien usualmente es muy hábil para aterrizar mis miedos y pensamientos, ¿el veredicto? tranquilizarme y esperar, hmmm se dice fácil cuando no estás en medio de la situación, acto seguido, hablo con mi mejor amiga, quien percibe mi ligero pánico y se ofrece a venir por mí, pero sería una misión suicida, sin embargo su intención es un bálsamo al vacío que siento. Ante la impotencia decido dormir un poco y esperar que una solución se presente antes de la catástrofe.
Ignoro cuánto tiempo pasa antes de que me despierte la llamada telefónica de mi amiga, pero ahora para avisarme que sus papás (quienes viven a unas cuadras de mi casa) están en camino para llevarme a un lugar más seguro y es cuando me doy cuenta que aunque no ha dejado de llover, la cantidad ha disminuido a tal nivel que ya puedo ver las banquetas y el amanecer comienza, ¡qué alivio!, aprovecho esta ventana de bendición y preparo rápidamente una maleta, aviento pantalones de mezclilla, camisetas, ropa interior, pasaporte y papeles importantes mientras escucho el claxon afuera, me tomo unos segundos para contemplar mi cuarto, tal vez sea la última vez que lo vea así.
Subo a la camioneta y me siento reconfortada de estar rodeada por gente amorosa que se ha tomado el riesgo de salir en dichas inclemencias del tiempo para “rescatarme” y mientras nos alejamos, observo que mi vecindario permanece absorto a la situación, me da escalofríos pensar por lo que viene, porque esto apenas comienza y la noche será larga y potencialmente asesina.
Continuará...
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